Acabo de pasar por el Blog de mi amigo Genin, y su contenido y algunos de los comentarios posteriores, han hecho volver sobre mí algunos momentos de esos que se guardan a propósito en el cajón del fondo de la memoria, para no encontrártelos con demasiada frecuencia.
Las personas crecemos siempre con miedos porque en nuestro entorno y desde que nacemos, siempre hay recomendaciones de protección: "cuidado , no tropieces" "pon atención, no te caigas" "usa el trapo, no te quemes"...
pero las niñas crecemos con un extra de preparación al miedo. Y es un extra ingrato, porque de alguna forma terminamos asumiendo que podemos ser culpables de la causa que justifica ese miedo. Se nos avisa del peligro de los extraños, de que debemos ser "decentes" y de que hay "hombres malos" que quieren "lo más hermoso de nuestras vidas"...
No voy a entrar ahora en valoraciones sobre la ideología que hay detrás de todo esto, ni sobre la apreciación de la mujer como una caja sorpresa que una vez "desprecintada" pierde valor... Voy a quedarme solamente, con el germen del miedo que esto representa para muchas mujeres...
Y lo verdaderamente desolador en todo esto, es que en algun momento de nuestras vidas, todas somos víctimas, testigos o confidentes de estas situaciones.
A los 1o años, yo asistía con frecuencia a catequesis. Iba los sábados por la tarde a la Iglesia de la Magdalena, en la calle Puentezuelas, en Granada. Había un anexo a la capilla (preciosa por cierto) en el que se distribuían las oficinas " de los curas" y un piso donde se daban las clases y las actividades. Abajo había una especie de salon de actos, donde tambien hacíamos actividades.
El párroco era un anciano encantador (paradógicamente el nombre del buen sacerdote lo he olvidado..). Un hombre dulce y cariñoso, la imagen clásica del típico párroco bondadoso.
El segundo de a bordo, era un sacerdote mucho más joven, yo diría con mi recuerdo de ahora, que debería tener alrededor de 40 años.
Los niños y las niñas dábamos la catequesis separados, y el sacerdote "DonRamón", estaba casi siempre con los chicos.
Eran raras las ocasiones en que nos daba alguna clase, pero en las actividades comunes siempre aparecía.
El grupo de niñas no era muy amplio, y la mayoría estábamos entre los 10 y los 13 años.
Hubo una época, en que las niñas empezamos a ser conscientes de que Don Ramón era un poco "pesado". Siempre que andábamos cerca, terminaba tomándonos a alguna de los hombros mientras hablaba con todos, y al tiempo empezaba a toquetearnos el cuello, la espalda y a veces tambien bajaba las manos hacia delante.
Nosotras éramos al princio demasiado niñas para ver algo "perverso" en ello, pero evidentemente, muchas de nosotras empezamos a desarrollar, y a partir de ese momento se nos despertaron los sistemas de alerta, porque entendíamos que había algo en nosotras que podía "incentivar malos pensamientos y acciones"...
Tengo que confesar que yo percibí esto de las últimas, porque tardé mucho más que las otras en empezar a parecer un "proyecto de mujer" , pero lo bueno de las amistades es que te enseñan a apreciar y ver cosas que sólo no verías...
Antes de tener consciencia de que aquello realmente era indigno, recuerdo que jugábamos a ver quien conseguía zafarse del Don Ramón, y la pobre que era "atrapada", perdía... Al cura le pusimos el mote de "tocadiscos", y así anduvimos hasta que como dije, se nos prendió la luz que nos dejó ver la diferencia entre lo que es un juego, y lo que sencillamente no está bien.
Yo no dije nada en casa, entre otras cosas porque no pensé que sirviera de mucho y porque yo tampoco le dí personalmente, una relevancia mayor. En mi inocencia, no veía la trascendencia ni el potencial de otros abusos en este.
Algun padre debió hablar, porque Don Ramón fue retirado de las actividades con nosotras, pero seguía por allá, y continuábamos viéndonos.
A los 13 años dejé de ir a la parroquia, me mudé de barrio, y años despues, estudiando ya medicina y colaborando con una ONG , tuve que volver a esa parroquia para solicitar que destinaran "el cestillo" del domingo a un proyecto de salud en Burkina Fasso.
Volví a hablar con el párroco... y ahí estaba Don Ramón, serio, correcto y amigable. Obviamente no se acordaba de mí, y yo en ningun momento le hice alusión a mi pasado en la parroquia . Salí de allí siendo consciente por vez primera, de lo que había ocurrido realmente, de lo que este hombre nos hacía, y de que a pesar de ello, había terminado siendo párroco...
Sentí una extraña sensación que me hizo apresurarme a salir de allí. De repente pensé si habría seguido con otros, si lo habría hecho antes de nosotros, y si alguna vez habría ocurrido algo más. Tambien pensé en cómo debía sentirse él, incluso le adjudiqué el beneficio de la duda, atribuyendo su descargo en el hecho de que el voto de castidad probablemente es un absurdo que pocos religiosos podrián cumplir con salud mental...pero igualmente quise salir de allí, y olvidar, y no pensar, olvidar, y no pensar....
Con los años he conocido a muchas mujeres, y he conocido historias desgraciadas, protagonizadas por mayores desgraciados, muchos de los cuales siguen en la calle porque además, nunca fueron acusados de nada. Y no estamos hablando de forajidos callejeros, sino de tipos aparentemente "normales"... quizás el problema radica en parte en que asumimos que un comportamiento socialmente aceptable, no incluye los asuntos de alcoba, por llamarlo de alguna manera, y tambien es cierto, que el derecho a la intimidad, no deja de serlo porque existan degenerados.
Pero ¿Cual puede ser la unidad de medida para todo esto???